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Los Cumpleaños de 50
21 ene 2019 | Marciano Durán

Así es la vida.

Primero te llevaban a los bautismos y vos no te enterabas ni te acordabas de nada.

Después cumplías tu primer añito, hacían una gran fiesta y tampoco te enterabas.

Esas fabulosas reuniones eran hechas para los papás y los abuelos del nene.

Y más aún: para los papás y los abuelos de los nenes de los demás.

Por tercero o cuarto del liceo te empezaban a llover invitaciones en cartulinas blancas con letras doradas:

¡Llegábamos a los cumpleaños de 15!

Ocho o diez años después la misma que cumplió 15 te avisaba que “vamos a ser dos” o incluso alguna se animaba con Benedetti y te ponía “somos mucho más que dos”.

Siete u ocho meses después (nueve a más tardar) entendías que no había sido ni en la calle, ni codo a codo.

Y como nos quedaba un hueco grande sin festejos hasta que llegaran las Bodas de Oro, a alguien se le ocurrió inventar Los Cumpleaños de 50.

¡Y estuvo genial! Yo no sé quien fue, pero que fue un uruguayo no tengo dudas.

Porque para inventar festejos y feriados no nos gana nadie.

Y para correr feriados tampoco (un día de estos el primero de mayo va a caer dos de mayo)

¡Sí señor! Por suerte está de moda encontrarte con gente gorda, pelada, hecha pelota, sorda y canosa que alguna vez trepó muros con nosotros.

-No tengo idea qué ropa ponerme- le dije a mi mujer.

-¿Vos no tenés idea?- me contestó- ¿Y yo, que la última vez que me sacaste fue cuando volvieron los Olimareños al Centenario?

Lo que no nos quedaba estrecho, no permitía que se prendieran los botones.

Lo que no nos ajustaba las muñecas, nos estrangulaba el cuello.

Los zapatos nos comprimían los dedos y el verbo que conjugábamos por primera vez era “matambrear”.

Casi todo nos matambreaba  alguna parte del cuerpo.

Me paré frente al ropero y le dije a mi mujer:

-Vos vestite en el baño. Cuando yo esté pronto te aviso y nos encontramos en el pasillo.

Me puse una camisa de seda, pero solo me prendió un botón.

El del bolsillo.

Para disimular me puse un buzo de lana que de tan justo que me quedaba me marcaba el ombligo con una perfección que ni labrado.

-¿Y si les decimos que se nos enfermó Pilarcita y los padres tenían que salir?- gritó mi mujer desde al baño como haciendo fuerza para cerrar un cajón, un baúl, un galpón o un pantalón.

-¡Nooo! Le dijimos a Pedro que íbamos a ir- le dije transpirando y cinchando con unas botas de cuero que me puse por última vez cuando fuimos al estreno de El Graduado.

Para taparme el monumento al ombligo, me puse un sacón de lana de aquellos que se tejían a mano y que llevaban un cinturón también de lana.

El pantalón lo dejé para lo último porque sabía que sería el que demandaría el mayor esfuerzo.

Subir, subió, pero los ganchitos que lo tenían que cerrar ni siquiera se conocieron.

Desde el baño escuché a mi mujer que seguía haciendo fuerza, se apoyaba en las puertas, se agarraba del bidet y se quejaba como nunca la había escuchado.

Alguien puso el canal porno, pensé.

Me puse una corbata para disimular que el botón de arriba no prendía ni prendiendo y con las botas sin terminar de calzar salí caminando como pude.

Nos encontramos en la mitad del pasillo.

Mis botas dobladas en el tobillo parecían indicar que estaba bailando un malambo... pero quietito.

Las boleadoras tampoco la estaban pasando bien.

Nos miramos.

Mi mujer sólo atinó a apagar la luz.

Nos dimos pena.

No nos podíamos mover, caminar, ni respirar.

Ni siquiera nos daba la fuerza para llorar.

Cuando nos repusimos, mi mujer me juró sobre la biblia y la libreta de casamiento que nunca iría a un cumpleaños de 50.

Como todavía quedaban dos días la convencí para llevarle a la modista la ropa que nos probamos.

Habría que agregarle, cortarle, ponerle o sacarle.

-Ponerle, viejo, ponerle- me dijo la santa con  el aire que le quedaba.

Cuando llegó el día del cumpleaños éramos otra cosa, nos movíamos con cierta gracia, incluso ensayamos que saludábamos al llegar.

Después probamos una vez -una sola vez- a agacharnos a agarrar un encendedor que hice como que se me caía.

Incluso hicimos como que bailábamos para saber de antemano si algo de aquello se rompería, se despegaría, se desarmaría o se descosería en algún momento.

Quedamos bastante conformes, pero nuestros hijos nos cerraron con llave por fuera y nos prohibieron salir vestidos así.

Nos amenazaron con no dejarnos ver nunca más a nuestros nietos.

Pero nuestra rebeldía esfervescente y cincuentona no se rindió.

Saltamos por la ventana y contentos  y rejuvenecidos nos fuimos al encuentro de una generación pujante y vital.

Abrimos la puerta doble.

Pedro nos esperaba como si fuera una quinceañera.

Le dimos el regalo a la vez que en un segundo observamos todas las mesas y pudimos ver que casi todos estaban matambreados.

Nos sentaron en una mesa grande con otras personas.

-¿Quién es el señor canoso que está al lado mío?- le pregunté en voz baja a mi mujer.

-Es Carlitos, fueron compañeros en el liceo y es tu actual peluquero.

-¿Carlitos? Hace diez minutos que estoy conversando con él y no me daba cuenta de donde lo conocía. Está hecho pelota- giré y le pasé el brazo por la espalda tratando de disimular.

-¡Carlitos viejo y peludo! ¡Estás igualito, Carlitos!

-Vos estás hecho bolsa- me dijo y empezó a toser de tal manera que la mujer -con pañuelito al cuello igual que la mía- se tuvo que parar a atenderlo.

-Levantá los brazos, viejo. ¡Hagan espacio! - les  decía a los que pasaban bailando.- ¡Espacio! ¡Aire, por favor, aire! - decía mientras lo abanicaba con un plato. - Tomate una cucharada de esto por favor, tenés que cuidarte, a vos te faltan tres años todavía para los sesenta.

Enfrente a nosotros, en la misma mesa, estaba Beto con la esposa que se había puesto toda la pintura que encontró en la casa, incluyendo una mano de enduido, dos de fondo, esmalte sintético y antióxido.

Se fue a rascar el cachete y se hizo una zanja.

Beto se me acercó y en secreto me dijo:

-¿Te acordás de Mónica? ¿Te acordás que estaba que se partía? ¿Te acordás que todos estábamos cal.. enamorados de ella en facultad?

-¡Claaaaro que me acuerdo! ¡Siempre me acuerdo de ella! ¡Todos las mañanas me acuerdo de ella! ¡Es la materia pendiente que me quedó de Facultad! ¡NO DEJO DE ACORDARME DE ELLA!-- y esto con la emoción y algo exitado  se ve que lo dije fuerte porque mi mujer me pisó sin  querer con los dos tacos aguja.

-¡Mirá para la pista! ¡Salió a bailar con el marido, miraaaala! – me dijo el Beto babeándose.

Giré la cabeza y solo conseguí ver a una señora mayor, bastante entrada en años y en nalgas, que se movía con mucha gracia y poco esposo.

-No la veo- le dije- debe de estar bailando atrás de la gorda culona.

La conversación en la mesa se fue poniendo más linda.

Todas las frases empezaban con “¿te acordás de...?” “¿vos estabas el día que...?” “el que no está bien es?”

Las manos empezaban hablar más que las bocas.

Cuando alguien trataba de recordar quien fue que le chocó el auto al padre en el setenta y dos, aparecían los “eeeeh.... ¿cómo era? ...el petiso... ¿cómo se llamaba el petiso?”  Y la mano golpeaba el aire, la mesa o el hombro del otro...”el de pelo largo crespo que se hacía la toca...peeero... ¿cómo se llamaba el petiso?”

-¿Y ustedes ya tienen nietos?- preguntaba Ariel.

-Sí, tres- le decía mi mujer.

-Inés, que lindo nombre.

-¡Treees! Dos varones y una nena.

-¿Helena? Te había entendido Inés. Disculpá que no te escucho bien.

Están poniendo la música muy alta. A ese jovencito que está con el combinado deberían calmarlo un poco.

-Acá tengo la foto de Pilarcita- le dijo mi mujer.

-Ni te molestes- contestó la mujer de Ariel- Sin los lentes no ve un pomo.

La fiesta estaba bien buena, la música pasaba de Zapatos Rotos a Yo en mi casa y ella en el bar, de la Lambada a Los Iracundos.

De la pista me hacían señas para que saliéramos a bailar.

-¡Vamos cheee! ¡Manga de aburridos! ¡Cómo en los setenta, negro, vengan cheee!

Dos veces me tenté y dos veces me senté.

Dos veces me paré y dos veces mi mujer me pegó un pellizcón en zona de compromiso, me aplicó el plan taco aguja y me gritó en secreto al oido:

-Esperá a los lentos. Si bailamos esto, se te descose hasta el calzoncillo. ¿Por qué no vas a fumar un cigarro afuera con Carlitos y Oscar? Ahí viene el mozo ¿Te pido algo?

-Sí, pedime un Omega Tres con bastante hielo, ya vengo.

-Mi amor - me dijo mi mujer cuando me paré- llevá el celular por las dudas y este papel con la dirección anotadita.

Afuera aprovechamos para recordar todas las minas que estaban buenas y nunca nos dieron pelota, todos los nabos a los que quedamos debiendo una trompada y todos los campeonatos que nunca ganamos.

En la vereda de enfrente alcanzamos a ver que Beto hablaba con una señora, le mostraba la cédula y le preguntaba dónde quedaba el local en el que estaba festejando un cumpleaños. Desde adentro, el tipo del parlante avisaba que había aparecido Raquel y que estaba junto a la mesa de los postres.

Que fueran a retirarla allí.

Fue una noche inolvidable, a las once nos tomaron la presión a todos y un enfermero atendía sin costo en el guardarropas a los que se sofocaban bailando.

Junto con el souvenir -en un detalle realmente novedoso- a los que queríamos seguir tomando cerveza nos iban dando pañales desechables.

¡Formidable invento esto de los cumpleaños de cincuenta!

Más que nada ahora, que todavía estamos hecho unos potros.

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